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Esta es la mentalidad que te está impidiendo ser extraordinario

12/9/2017

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"Se cual es el precio del éxito: dedicación, trabajo duro y una incansable devoción hacia las cosas que quieres ver realizadas" —Frank Lloyd Wright

"El talento es barato; la dedicación es costosa. Te costará toda tuvida" —Irving Stone

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Gracias a Darius Soodmand en Unsplash por la imagen (clic sobre ella para más info.)
Todos podemos ser grandes maestros de alguna cosa. Y por lo tanto, todos podemos ser extraordinarios.

Si así lo decidimos, es posible escoger cualquier disciplina, y mediante el estudio y la práctica regular, convertirnos en maestros de la misma.

Es como jugar. Cualquier persona que juegue a algo durante el tiempo suficiente, terminará convirtiéndose en un gran jugador.

Quizá no lleguemos a ser los mejores del mundo. LeBron James solo hay uno.

Pero nada impide que adquiramos un nivel superlativo de competencia. Un nivel que nos haga sentirnos muy orgullosos de lo que hemos logrado.

Pocas cosas brindan más plenitud en la vida que ser capaz de hacer, muy bien, algo que es difícil.

Es más, yo me aventuraría a decir que es complicado sentir total satisfacción con nuestra vida, si no llegamos a ser los maestros de alguna cosa.

Ahora bien, la cuestión no es si podemos ser expertos. Se trata de si nos comprometemos a serlo.

Hace unas semanas vi una entrevista que realizaron al multimillonario y multi-emprendedor Grant Cardone. Contó el magnate durante la charla que hasta los 25 años su vida había sido una calamidad. Tuvo serios problemas con las drogas y, por supuesto, como profesional era un desastre.

Después de terminar con éxito un programa para dejar la adicción, pensó que, si quería permanecer alejado de las drogas, debía obsesionarse con algo de la misma manera que en el pasado el vicio fue su obsesión.

Así que decidió que iba a convertirse en un gran vendedor. En adelante, esa sería su empeño.

Y esa decisión cambió su vida. Su dedicación trajo la recompensa esperada.

Hoy Cardone es dueño de varias empresas multimillonarias, y todo gracias a que un día decidió que quería ser...  extraordinario.

Es tan simple como suena, pero, obvio, no es fácil.

Para llegar a ser muy buenos en algo debemos consagrarnos a la búsqueda de maestría. O como dijo el poeta William Wordsworth, debemos convertirnos en “espíritus dedicados”.

Sin embargo, a la mayoría nos falta esa dedicación. Impera en nosotros la mentalidad que denomino “yo ya cumplí”.

¿Cuál es esa mentalidad? Te lo explico enseguida.

Después de trabajar o de estudiar, después de
cumplir con nuestras obligaciones, nos sentimos liberados para hacer lo que nos apetezca. Y esa libertad la usamos para hacer cosas que poco nos benefician.


Esa fue mi mentalidad durante una gran parte de mi vida. Una vez terminada mi jornada de trabajo, utilizaba mi tiempo de manera infame. Con mucha frecuencia podía pasarme casi todo un fin de semana viendo fútbol sin pararme de la cama más que para ir al baño y a comer algo.

Pensaba: “yo ya cumplí, ahora puedo hacer lo que me plazca”.

Sin embargo, esa gratificación inmediata que encontraba en la televisión, me alejaba de satisfacciones más profundas y duraderas.

En el uso inteligente del tiempo libre se esconde una gran oportunidad.

Es ahí donde podemos empezar a modelar una vida extraordinaria. Una vida de grandes logros. La vida de un gran maestro.

Y apropósito de maestros, me gustaría contarte a grandes rasgos la historia de Denis Waitley.

Waitley es un motivador americano y sus obras han sido bestsellers. Pero antes de alcanzar gran reconocimiento en la profesión de sus sueños, fue piloto en la fuerza naval norteamericana.

¿Cómo pasó de piloto de bombarderos nucleares a líder motivador? Aprovechando el Prime Time. Prime time es como se denomina a la franja horaria donde más gente ve televisión. El diligente Waitley, en lugar de sintonizar su serie favorita, se dedicó a estudiar el arte que deseaba practicar.

El esfuerzo, de la misma manera que hizo con Grant Cardone, produjo la recompensa esperada. Pocos años después pudo abandonar la fuerza naval y dedicarse a lo que siempre soñó.

Hasta ahora no conozco a nadie que utilice su tiempo libre con descuido y que haya logrado vivir una vida extraordinaria.

Volvamos al caso de nuestro amigo LeBron James. Cuando termina la temporada, la estrella de los Cavaliers no dice, “yo ya cumplí”, y se dedica a holgazanear, no.

Cuando LeBron no está compitiendo continua cuidándose y entrenando para perfeccionar sus habilidades. Es así como logra ser mejor cada año.


Lo mismo ocurre con Lionel Messi, Cristiano Ronaldo y cualquier otra persona que esté en la cima de su carrera. Si, claro que también pasan tiempo con familia y amigos, todos hemos visto las imágenes de cómo se divierten en sus lujosos yates. Pero no abandonan por completo su gran pasión por continuar mejorando.

Para concluir, yo estoy convencido de que todos deberíamos luchar por llegar a ser muy buenos en alguna cosa, lo que sea que nos apasione. Es en el alto desempeño donde se encuentran más dulces recompensas.
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¿Es realmente la felicidad lo más importante?

7/9/2017

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"La felicidad no es ni la virtud ni el placer. Ni esta cosa o la otra. Simplemente es crecimiento" —W.B. Yeats

"La verdadera felicidad implica la búsqueda de metas dignas. Sin sueños, sin riesgos, obtendremos solamente un insignificante bosquejo de lo que es vivir" —Dan Buettner

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Agradecimiento a Jakob Owens en Unsplash por la imagen (clic sobre ella para más info.)
¿Es importante ser feliz? Yo creo que si, y si sigues conmigo, más adelante te voy a mostrar que la ciencia también piensa igual.

¿Es la felicidad el fin último de nuestra existencia? Aquí ya no estoy tan seguro, pienso que hay otras cosas más interesantes que perseguir que solo la felicidad.

Obsesionarse con la búsqueda de la felicidad personal es un objetivo egoísta y poco ambicioso. Me parece más interesante intentar ser útil, servir a una causa más grande que mi propio bienestar.

Además, la felicidad es un bicho huidizo de raras costumbres. Los que la persiguen por lo general no la encuentran. Pero si te olvidas de ella, te dedicas a vivir y a realizar cosas que tengan significado para ti, es muy probable que se presente sin necesidad de ser llamada.

Hablar de la felicidad no es fácil. Felicidad se le llama a diferentes cosas, y esa falta de unidad sobre su significado confunde.

Entonces, para evitar la confusión, vayamos por partes y volvamos a nuestra primera pregunta: ¿es importante ser feliz? Pues como ya lo había dicho, sí y aquí van mis razones.

Para empezar, es cuestión de gusto. Cada uno de nosotros tiene sus preferencias; a mi, por ejemplo, me gusta más vivir en pueblos pequeños que en grandes ciudades, me gusta más el vino tinto que el blanco, la barbacoa antes que la paella. Y entre estar triste, enojado, amargado, celoso o deprimido, prefiero estar contento. Me sabe mejor.

Además, parece ser que la ciencia, por abrumadora mayoría, también se inclina hacia el lado de la alegría.

Miremos lo que numerosos estudios han encontrado: las personas felices trabajan más duro y son más productivas; las empresas donde hay más trabajadores felices tienen mejor desempeño que el índice de la bolsa de valores; los estudiantes felices obtienen mejores calificaciones.

Un estado emocional saludable no solo nos ayuda a desempeñarnos bien, también nos brinda mejor salud. Una revisión exhaustiva de más de 160 estudios encontró que las personas más felices gozan de mejor salud y viven más años.

Ser felices también tiene efectos positivos sobre la sociedad en general. Un gran estudio británico encontró que la felicidad de las personas afectaba de manera positiva sus relaciones sociales hasta tres grados de separación.

Es decir, la felicidad de Manolito alcanza hasta para hacer más feliz al amigo del amigo del amigo. Nada mal, ¿no?

Ok, perfecto. Ya sabemos que ser feliz está de lujo, trae muchas cosas buenas. Solo nos falta un cosita, ¡¿cómo hacemos para ser felices?! ¿Donde se compra la felicidad?, ¿viene en ungüento o en jarabe?

Por aquí es donde el terreno se pone resbaladizo y es más fácil patinar. Para empezar, existe una enorme confusión sobre que es en realidad la felicidad y las cosas que la producen.

La mayoría de las personas piensan que la felicidad es la ausencia de sufrimiento y adversidad y, además, poder obtener lo que uno desea.

Cuando alguien dice: “quiero ser feliz”, por lo general se refiere al deseo de experimentar un caudal sin fin de emociones positivas. Encadenar un placer tras otro.

Las emociones positivas son necesarias, claro que si. Es difícil disfrutar de una gran vida si no las experimentamos.

¿Quien no va a querer disfrutar de los placeres que nos son ofrecidos? Una buena copa de vino, que la báscula señale un kilo menos, las almendras fritas que prepara mi amigo Ramón, ver cómo se engorda tu peor enemiga, el sexo: disfrutar de todo tipo de polvos: tiernos, apasionados, salvajes, rapiditos y, como no, los des-pa-ci-tos, tan de moda este verano.

Sin embargo, si todo lo que perseguimos es placer (compras, fiestas, alcohol, sexo, drogas, entretenimiento… ), corremos el enorme riesgo de vivir una vida superficial que en últimas conduce a la infelicidad.

La felicidad no es una emoción pasajera que llega después de cada experiencia placentera.

Ni tampoco es la ausencia de emociones negativas, problemas o adversidad. Nadie se va a salvar de sufrir aunque sea un poco de dolor en esta vida. Y la mayoría vamos a tener de sobra.

Entonces, el placer por sí solo no basta. A la receta de la felicidad hay que añadirle más ingredientes.

Pero para ir poniéndonos de acuerdo (aunque quizá esto sea mucho pedir), antes veamos una definición de felicidad que pienso tiene mayor sentido que la mera búsqueda de placer y la ausencia de dolor.

Según el intelectual convertido a monje budista Matthieu Ricard:
La felicidad es una sensación profunda de que estamos floreciendo, no un mero sentimiento placentero o emoción fugaz, sino un estado óptimo de ser.
Como dice Ricard, la verdadera felicidad es un sentimiento de satisfacción con nuestra vida que perdura aún cuando enfrentamos momentos difíciles.

Ser feliz no significa que estamos libres de problemas, emociones negativas o contratiempos. Ser feliz significa que al poner nuestra vida en la balanza, a pesar de los malos momentos, consideramos que vale la pena continuar viviendo.

Ahora volvamos a la primera parte de la definición de Ricard, "la sensación profunda de que estamos floreciendo", la ciencia se muestra de acuerdo, en forma abrumadora, con nuestro amigo monje.

Son muchas las investigaciones que han encontrado que son felices quienes establecen y se esfuerzan por alcanzar grandes metas.

Esto afirma la doctora Bettina Wiese de la Universidad de Zurich:
La investigación empírica ha demostrado en repetidas ocasiones que esforzarse por alcanzar metas... fortalece el vínculo entre el progreso hacia la meta y el bienestar emocional.
¿Por qué tener grandes metas nos hace más felices? Porque para alcanzarlas tenemos que crecer, avanzar en nuestro desarrollo personal.

Las metas que contribuyen con nuestra felicidad son aquellas que no podemos alcanzar con nuestro nivel actual de competencia, y, por lo tanto, nos obligan a evolucionar. Volvernos más competentes nos hacen sentir que estamos floreciendo.

Una característica muy importante, vital, que deben poseer las metas para que contribuyan con nuestra felicidad, es que sean intrínsecamente significativas.

Estas deben ser importantes para nosotros, debemos ser nosotros quienes las escogemos, no pueden ser impuestas por otras personas.

Bueno, ya tenemos otro ingrediente más en nuestra receta de felicidad, uno importante: las metas. ¿Que otro ingrediente hace falta? Pues el que, según criterio de muchos, es el más, más importante: las relaciones.

Los seres humanos somos la especie más social del planeta. Y para decirlo con toda claridad: una persona carente de relaciones es alguien que tendrá muy pocas probabilidades de sobrevivir. El aislamiento y la soledad nos destruyen.

Ahora bien, pensemos por favor en los dos últimos ingredientes de nuestra receta, vamos a encontrar algo curioso; tal vez contradictorio.

Alcanzar metas difíciles es, bueno… difícil. Cultivar relaciones de calidad con otras personas es también… difícil. Así que al parecer, ser felices tiene menos que ver con una vida fácil y más con una vida esforzada.

Si piensas en tu propia experiencia sabrás que esto es cierto. Las cosas por las cuales te sientes más orgulloso son aquellas por las que has tenido que realizar un gran esfuerzo.

No se siente lo mismo que te lleven en helicóptero hasta la cima del Everest, a pasar 15 días luchando y sufriendo por alcanzar la cúspide escalando. En este último caso, aunque no se logre coronar, la satisfacción es infinitamente mayor.

Por lo tanto, tiene mucho sentido pensar que una vida feliz es una vida de lucha y sacrificio, de esfuerzo por alcanzar metas significativas.

Para concluir porque esto se está alargando demasiado, una gran vida no es una vida cómoda. Una gran vida es una vida de desafíos, de lucha por superar obstáculos y por querer ser siempre un poco mejor, eso si, condimentada con un poco de placer.
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Nuestra no tan brillante realidad

4/9/2017

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"Las redes sociales han creado comportamientos celosos sobre ilusiones. Tristemente algunos envidian cosas, relaciones y estilos de vida que ni siquiera existen" 

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Hace casi quinientos años el extraordinario Michel de Montaigne escribió lo siguiente:
Me considero un hombre normal, excepto por el hecho de considerarme un hombre normal.
Con la gran agudeza que lo caracterizaba, Montaigne fue capaz de advertir una de las particularidades de los seres humanos: la mayoría nos consideramos mejores que la mayoría.

Pensamos que somos mejores conductores, más inteligentes, con mayores habilidades atléticas que el promedio. Y, muy importante, que tenemos una moral por encima de la media. Es decir, que hacemos más cosas buenas (y menos malas) que la mayoría de las personas.

Así que cuando el sabio francés afirmaba que considerarse normal era algo extraordinario, estaba en lo cierto.

Esta característica del cerebro humano, como todas las demás, está presente porque ofrece ventajas desde el punto de vista evolutivo.

Para nuestros ancestros era vital la cooperación entre individuos. Un ser humano aislado tenía casi cero probabilidades de supervivencia.

Debíamos vivir en grupos.

​Dada las duras condiciones en las cuales vivieron las antiguas comunidades de cazadores-recolectores, era muy importante que todos los miembros del grupo fueran capaces y competentes.

​Si nos consideramos, cada uno de nosotros, capaces y competentes, y así nos presentamos ante los demás, es más fácil establecer vínculos colaborativos con otras personas.

En su estupendo libro Why Buddhism is True (Por qué el Budismo es cierto), Robert Wright afirma lo siguiente:
Si alguien tiene metas claras y consistentes, pero siempre falla en alcanzarlas, o no contribuye mucho a los esfuerzos del grupo, o no cumple sus promesas, no contará con una gran cantidad de amigos y colaboradores. De modo que se esperaría que contáramos (y nos creyéramos)... historias halagadoras sobre nosotros mismos.
Desde el punto de vista evolutivo tiene sentido la tendencia a inflar nuestros méritos y minimizar los defectos.

Sin embargo, con la aparición de internet y las redes sociales la cosa está llegando a niveles tóxicos.

Hoy es bastante común que cada que estamos en un sitio interesante (un restaurante, una playa paradisíaca, una montaña de impresionantes vistas) tomemos de inmediato una foto y la subamos a las redes sociales.

Puede ocurrir que incluso estemos tristes o deprimidos, eso no nos detiene, lo importantes es 'el postureo'. Mostrarnos ante el mundo como unos verdaderos triunfadores.

Este afán por aparentar, está teniendo efectos nocivos en una gran parte de la población.

Resulta que la vida de muchos de nosotros, ¡de la gran mayoría!, está lejos de ser esa idealizada representación que observamos en internet.

Cuando vemos el “éxito” y la “diversión” que está teniendo todo el mundo, y lo comparamos con los fracasos y la frustración que hay en nuestra vida, terminamos entristeciéndonos aún más.

Son varios los estudios (ejemplos aquí y aquí) que señala que el uso frecuente de redes sociales aumenta la probabilidad de sufrir depresión y ansiedad.

Por eso debemos ser cautos y reflexivos con lo que vemos en las redes sociales. Recordar que, “todo lo que brilla no es oro”.

Si, por ejemplo, tomamos el partido de fútbol más aburrido de la historia, seleccionamos con cuidado unas pocas imágenes interesantes y luego editamos una vídeo con ellas, podemos hacer creer a quien no lo haya visto que fue un gran encuentro, ¡lleno de emociones!

Pues bien, eso mismo es lo que estamos haciendo con nuestras vidas en las redes sociales: seleccionamos unos pocos momentos destacados y ocultamos la miseria.

Le haríamos un gran favor al mundo si compartiéramos también nuestras luchas. Aquellas cosas que deseamos obtener y que aún se nos resisten.

Yo, por mi parte, tengo montones de objetivos que todavía no cumplo. Por ejemplo, aunque en los últimos años he logrado bajar una cantidad considerable de peso (más de 20 kilos) y mantener alejados la mayor parte de ellos. Todavía no perdido todo lo que me gustaría.

También fracaso con frecuencia. Ayer estuve mirando casi toda la tarde la pantalla del ordenador, incapaz de encontrar un tema interesante para escribir. Por mucho que me esforcé, mi mente permaneció en blanco, sin ideas. Argg.

Y mejor para aquí, que tampoco se trata de agobiarte con mis penas. Nos vemos pronto.
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Esto es lo que debes hacer si quieres expandir tu potencial

3/9/2017

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"La comodidad es la prisión de la libertad y el enemigo del crecimiento" —John F. Kennedy

Para que los músculos crezcan debemos someterlos a estrés. Después de haber sido puestos a prueba, los músculos se reparan y se hacen más grandes y fuerte.

Así ocurre con cualquier tipo de crecimiento. Primero viene el estrés, el esfuerzo; luego llega la adaptación: el crecimiento.

​Sin esfuerzo ni desafío, no hay crecimiento.

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